Los relatos negros de Armiño negro (II)
D U E L O
Salvador fue estrechando manos, recibiendo pésames y abrazos a lo largo de toda la tarde. Alguna sucinta información sobre la enfermedad de Leonor, dada vagamente, a quien preguntaba cómo se habia desarrollado la enfermedad,aún cuando ni él mismo era consciente de ello y menos para detallarlo a todos los bien intencionados que se acercaban con el viático de su solidaridad.
Consejos piadosos.
Ofertas de oraciones, palmadas en la espalda.
Alrededor de la urna de cristal en la que el cadáver de Leonor reposaba, entraban de cuando en cuando personas devotas que murmuraban oraciones con aire conmovido.
El no. El no podía aún hacerse a la idea de que ella estaba muerta, de que aquello era definitivo.
Miraba hacia el cristal y la veía allí. Con toda la irrealidad que aquel entorno daba a su silueta. Vestida con un traje gris, discreto y sencillo. Peinada por no sabía que diestras manos.
Sus facciones céreas reflejaban una serenidad y una paz de la que carecieron sus últimas horas. A un lado y otro centros de flores, los primeros de cuantos a la mañana siguiente sabía que llegarían sirviendo de termómetro no se sabe si al afecto hacía la difunta o hacia él.
Leonor.
Leonor.
Musitaba su nombre de una manera mecánica. Era ella. Parte de ella, pero en estos momentos no era sino una palabra repetida como una letanía. No tenia más objeto que servir de salmodia a sus pensamientos. Como esas palabras que no son sino sonidos, que provocan extraños ecos. Para él era la resaca de una marea de años. Pero ahora era incapaz de afrontar otra cosa que lo que tenía delante.
Alguien le abrazaba. "Vamos, Salvador, tienes que ser fuerte" Al deshacerse el abrazo vio que era Mariano. Un paso más atras su esposa le tendia la mano en silencio. "Se por lo que estas pasando..."
¿Lo sabían?
"Unos antes, otros después todos hemos pasado por el dolor de perder a un ser querido"
Si puede que todos lo supieran. Si no igual que él algo aproximado. Porque no todos los dolores son iguales, como no todas las personas son iguales. Ni todos los matrimonios, ni todas las relaciones , ni....
Una vez más su mente recorría un camino hacia atrás.Hacia aquellos otros días compartidos por Leonor y él. Pero la obviedad de la urna que frente a él se erguia, cortaba en seco cualquier huida hacia el pasado. Lo más aterrador es que las pocas imágenes que su mente intentaba trazar hacía el futuro, concluían frente a aquel cristal, y se le antojaba que no había nada mas allá.
No sabía cómo se mantenía en pie. Ni supo cómo se quedó solo en aquella sala, de su estupor dolorido le sacó la presencia de un empleado de la funeraria que respetuosamente le recordó que las salas de vela estaban ya cerradas y que debía abandonarlas hasta la mañana siguiente.
Miró a su alrededor. Hundido en el sillón de la antesala, giró los ojos hacia la puerta de la capilla. Estaba cerrada. Pesarosamente, con aire cansino cruzó los desiertos pasillos y empujando la puerta de doble batiente salió a la calle. La corta tarde de invierno hacía horas que se había convertido en una noche fría y desapacible. Se subió el cuello del abrigo y apuró el paso.
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La avenida flanqueada por las paredes del edificio destinado a servicios funerarios, "Tanatorio", decían ahora, y las del cementerio de un lado y el enorme campo de futbol del otro formaban en estos momentos un entorno extraño.
Desde hacía tiempo aquel lugar había sido ocupado por putas y chaperos que con la permisividad de las autoridades establecieron alli un mercado de la carne poco menos que oficial.
Los vehículos de los posibles clientes formaban un carrusel que circulaba lentamente ponderando desde el interior de los mismos la mercancia que se exponía a sus ojos.
En el rigor de la noche invernal, bajo la escasa luz de unas farolas que desperdician su luz entre las desnudas ramas de unos árboles, escotes lucidos con generosidad, piernas enfundadas en mallas, abrigos que se entreabren mostrando el máximo posible , sin atender en absoluto el frio de la noche, empeñadas en encender unas pasiones entre los mirones , encaminándose con andares provocativos hacia los coches que se paran y la persona que baja la ventanilla para entablar un mercadeo que acabará en un abrazo a tanto alzado.
Salvador avanzó hasta su vehículo. Al llegar a él , una mujer medio recostada en el coche se ajustaba las medias. Ese gesto tan habitual en Leonor , le trajo dolorosamente mil evocaciones del pasado. Salvador, llegó hasta el coche y abrió la portezuela, ella se irguió y empezó a alejarse, pero Salvador la llamó con un gesto y al aproximarse, sin mediar palabra,la hizo entrar en el interior.
Giró la llave en el contacto y arrancó el motor. Ella a su lado se acomodó e intentó un principio de diálogo que Salvador cortó en seco.
-No, no digas nada. No digas nada hasta que lleguemos a casa.-
Este es del género silencioso, pero parece que tiene pasta, se dijo para su capote. No obstante en voz alta, preguntó :
¿ A qué hotel quieres que vayamos? ¿ Yo te puedo llevar a .. ?
- A casa. Iremos a casa.
Su cerebro era un caos. La muerte le rondaba durante días y más días y de pronto aquella mujer recostada en su coche, le ofrecía la posibilidad de escapar.
De escapar a la obsesión que como una oleada invadía cada rincón de su mente.
Posó una mano sobre las rodillas y la deslizó hacia arriba, hacia los muslos cálidos y firmes, ya casi rozando sus húmedos rizos se detuvo. Una oleada de calor casí le sofocó.
Ella, estuvo a punto de hablar, pero solamente emitió un gemido, un gemido que era toda una declaración. Era cuanto él necesitaba.
Rápidamente, furtivamente, retiró la mano y con pulso tembloroso, puso el coche en marcha. Salió del aparcamiento y rodó por la avenida en sombras. Atrás quedaba el edifico vacío de vida, poderoso en sus volúmenes, gris de cemento, vecino al cementerio y al estadio .
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El se despertó mucho antes. A su lado dormía una mujer. Las primeras luces del amanecer, apenas traspasaban los visillos corridos. Pero él la miraba intentando ver en aquellos rasgos otra faz. La mirada de él pareció interrumpir su sueño. Abrió despacio los ojos y encontró los suyos clavados en ella.
"Duerme Leonor, duerme otro poco, son tántas noches sin dormir..."
No entendió nada. Ni siquiera por qué la llamaba Leonor. Los párpados le pesaban y siguió durmiendo.
El se levantó y se dirigió a la ducha. Las gotas de agua rebotaban sobre su piel, levantando un ligero vaho de calor, que concentraba una atmósfera más densa tras la cortina.
Se secó frotando fieramente la piel, hasta enrojecerla, se arrolló la toalla a la cintura y tomó el cepillo de dientes,puso una generosa ración de dentífrico y empezó a cepillárselos.
Arriba y abajo, arriba y abajo, mientras el espejo cubierto de vaho, no reflejaba más que una borrosa silueta. Se aclaró la boca y escupió el agua sobre el lavabo.
Luego tomó la espuma de afeitar y apretando el émbolo del spray , dejó sobre su mano una nube de espuma,seguía mirando al frente, mirando sin ver una borrosa silueta en un espejo empañado. Cubrió de jabón la barba y tomó la maquinilla de afeitar,con un gesto instintivo, limpió el vaho del espejo, trazando un leve circulo en el mismo.
La faz que allí le contemplaba le pareció conocida. Siguió con su tarea de afeitarse, una tarea maquinal, ejecutada maquinalmente, como cada mañana, desde su lejana adolescencia, una mejilla, la otra, el mentón, el bigote....
Allí en el lecho estaba ella.
La mujer.
¿Que mujer?
¿Leonor?
No.Leonor, estaba en el tanatorio. Envuelta en un vestido gris que apenas se veía tras la mirilla de cristal del ataúd.
No.Leonor estaba en el cuarto contiguo, apenas cubierta por las sábanas de su cama de siempre.
Aquellas ropas. ¿De quien eran aquellas ropas? Un vestido que no era, no podía ser de Leonor.
Se agachó y recogió toda la ropa como si fuera un fardo y fue hacía la cocina, abrió el cubo de la basura y lo lanzó hecho un revoltijo, luego cerró la tapa y giró la vista alrededor.
Sobre la fregadera, la cafetera vacía. La tomó y llenó el depósito de agua, abrió el bote del café y midiendo con el pequeño cazo la medida de dos tazas, vertió el café y enroscó el cuerpo superior. Giró la llave del gas y acercó el mechero, sobre las llamas azules del gas colocó la cafetera, y con los gestos medidos de la rutina, deslizó las rebanadas de pan integral en la tostadora y salió de la cocina hacia el dormitorio.
Sacó del armario su ropa, y se fue vistiendo, primero los calzoncillos, la toalla cayó en un rebujo a sus pies, los calcetines grises, la camisa crema, el traje gris oscuro, y la corbata, una corbata granate con un leve dibujo de florecillas azules.
¡ Aquella corbata le gustaba tánto a Leonor ! Seguro que esperaba que hoy se la pusiera.
Y ella. ¿ Que se pondría ella...?
Aquel traje de chaqueta oscuro,sí,era lo mejor. La blusa camisera y un pañuelo de seda.
Este.
Este pañuelo de seda blanca con cadenas doradas. Era uno de los favoritos de Leonor y los zapatos, nada de esos zapatos de altos tacones que asomaban bajo la cama. No. Mejor éstos de medio tacón a juego con el bolso, sí, en este bolso aún se sentían las manos de Leonor, su perfume, su tacto.
¿Existe algo más personal que tu bolso, Leonor?
Es el bolso de Leonor, y es Leonor, quien le va a llevar al entierro de Leonor.Sí ,ella esta allí, Pero tambien está aquí. En nuestra cama. En su cuarto.
El olor del café se expandió por el piso. Y el perfume del pan tostado le acompañó, como un dúo de cotidiana normalidad.
Ella abrió los ojos y vió ante sí toda la ropa dispuesta. No era su ropa, pero era de su talla, de su gusto. ¿Y la suya...?
Su ropa de trabajo había desaparecido.Junto a ella,este hombre recién rasurado, que con rostro grave y atento, le pedía, cortésmente que se vistiera y le acompañara a la ceremonia.
¿La ceremonia? ¿Qué ceremonia?
De la cocina llegaba el olor del café y las tostadas, como una invitación a una vida cuyo punto y seguido ponían ellos en esta mañana de invierno.
Desayunaron uno frente a otro. Las palabras parecían haber desaparecido,sustituidas por una elocuencia de gestos medidos en su rutina. El café vertido sobre las tazas, las servilletas de papel dobladas junto al platillo, el azucarero y la cucharilla que extraía del mismo dos cucharadas, como cada mañana.
No había necesidad de preguntar nada. Un chorrito de leche, dos doradas tostadas en un plato, la mantequilla y la mermelada de albaricoque. ¿Podia ser de otra clase? No. Leonor tomaba mermelada de albaricoque y dos cucharadas de azúcar en el cortado.
Luego, él la condujo al ascensor, bajaron al garage y en aquel coche que la víspera les condujo desde el tanatorio a su domicilio, volvieron al tanatorio.
Ya estaba abierto.
En el libro,unas cuantas firmas más,habían cubierto sus páginas con las condolencias de rigor. El brazo de él la tomaba por el codo y la guiaba escaleras arriba, hacia las capillas.
Cuando llegaron el féretro había sido ya cubierto y le llevaban hacia la capilla. La escasa familia de Leonor y toda su familia, los compañeros del trabajo, los vecinos, todos enfrentaban un mismo gesto de solidaridad y de extrañeza.
Allí a su lado, presidiendo el duelo, una mujer parecida a Leonor, vestida como Leonor, recibía junto a él, el pésame por la muerte de Leonor.
El coche fúnebre conduciendo los restos de Leonor arrancó,seguido por otro en el que diversas coronas proclamaban el dolor que semejante pérdida suponía para cuantos la concieron y la amaron.
La mayor de todas, flores blancas y cinta negra proclamaba el "Eterno amor de tu Salvador"
A su lado,conduciendo serenamente el coche, apenas a unos metros de distancia,Salvador,con los ojos ora clavados en las flores, ora girados hacia ella la repetía como una letanía interminable:
Eternamente tuyo, Leonor, Eternamente tuyo.
Un escalofrio recorrió la espalda de ella.
De pronto supo que ella era Leonor, y que en aquel féretro que les precedía la enterraban a ella. A aquella mujer,que había dejado de tener nombre, de tener vida, de tener....




















Fernando dijo
Muy bonito.
Un saludo,ten muy buena tarde
30 Agosto 2007 | 07:17 PM