La ruta de la seda
Los Aravalli
Las lanchas partían de la isla en la que el palacio de mármol de los maharajás, su palacio de verano, nos acogió durante unos días, frente a nosotros se alzaba la imponente fortaleza del palacio que guardaba la ciudad y el lago.
En el muelle en que atracó la barcaza nos esperaba ya el autocar en el que nuestros equipajes habían sido ya cargados.
El conductor y su ayudante se afanaban en concluir los últimos detalles, ayudando a los pasajeros, saludando o ayudando a unos y a otros y mostrando en amplias sonrisas su bienvenida al grupo de turistas, con los que tenían ya una cierta familiaridad, ya nos conocían a todos y nosotros a ellos, sus saludos uniendo ambas manos en un "namasté" amistoso.
El motor del autocar empezó a ronronear. Elisa se acomodó en su asiento al frente del autocar, tan solo el cristal nos separaba del chofer, que ya sentado ante el volante, miraba al frente, donde el “ayudante” limpiaba diligente el parabrisas. Era ya un ritual de cada mañana: nosotros nos distribuíamos entre los asientos y mientras nos acomodábamos saludando a los compañeros y comentando las peripecias del día anterior, el ayudante del conductor, aquel paria sucio y silencioso, se afanaba en las mil y una tareas que justificaban su puesto de trabajo.
. . . . . . . . . . .
Ella hizo este mismo camino, tantos años atrás. Esta barca en la que me traslado, sirvió también para trasladarla a ella.
Entre estos palacios de mármol un día años atrás, ella disfrutó de los placeres que estos lugares brindan.
Presenció al anochecer el vuelo silencioso de los vampiros, que se diseminaban en silencio desde las islas de las damas a las riberas del lago en busca de su nocturno alimento.
Ese estremecimiento que provocaron sus siluetas en el terciopelo azul profundo de la noche, fue compartido, como compartida fue la admiración por esta cultura exótica y legendaria.
Me dispuse a cruzar los Aravalli, como sabía que ellos los cruzaron, quizás por las mismas sendas, quizás por otros caminos, pero el destino al que me dirigía era el mismo que ella eligió años atrás.
Las laderas de las colinas mostraban su verdor lujuriante, más allá de las aguas del Pichola, más allá de los mármoles de los palacios de los príncipes, de las polvorientas callejas del mercado.
Los simios encaramados a las tapias de los jardines me veían pasar mientras roían con sus potentes incisivos aquellas nueces verdeantes, mientras lanzaban al aire unos gritos que se veían repetidos por los gritos de la tribu.
Aquel sadú, que vestido de cielo se cruzó en mi camino, debía de estar ya lejos, muy lejos, perdido entre los caminos pedregosos de los Aravalli, camino de su próximo peregrinaje, aquel gesto que me dirigió ¿era tan solo una bendición ritual? ¿O quizás un aviso para que siguiera mi camino como el seguía el suyo?
El polvo que levantaban sus pies descalzos era tan solo una señal del largo camino recorrido, del largo camino ante él.
Ante mi se abría también un camino largo y desconocido pero era muy consciente que llegaría al final del mismo. Me acomodé en el autobús, tendiendo la mano al ayudante del conductor. Aquella mano huesuda y morena rozó la mía con respeto, casi con reverencia. Está acostumbrado a ser un objeto inanimado entre los otros objetos del autocar, el que acomoda el equipaje, limpia los cristales y el interior del coche, procura las bebidas frescas en el frigorífico que en la parte delantera del coche nos proporciona con frecuencia un trago refrescante en las largas etapas.
Se cierran las puertas y el motor se pone en marcha, el conductor, un señor para su asistente, al volante de su vehiculo, hace un gesto a la guía del grupo y arranca pausado.
Las últimas casas de Udaipur, quedan atrás.
Atrás queda el lago encantado y frente a nosotros empiezan a extenderse las colinas que pronto crecerán hasta convertirse en los abruptos Aravalli, la columna dorsal del Rajastan que se extiende de Este a Oeste, separando los plácidos lagos y adentrándose en las inmediaciones del desierto.
Se que por aquí las caravanas cruzan de un lado a otro del país, como antaño cruzaban otras caravanas, las que componían la ruta de la seda y alargaban su ruta desde Cipango a Estambul.
Una de las múltiples rutas que secretamente comunicaban un mundo con otro, y ellos, los componentes de las caravanas no pertenecían a ninguno de los mundos que atravesaban, tan solo pertenecían al camino.
A.N.
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salud-y-republica dijo
Esas primeras letras.
Esos incomprensibles datos
eran los que llenaban las alforjas de los camellos
Su pesadez, plumbea, hacían más lastimera su marcha
por mucho que quisieran
esos
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eran una indeseada mercancia, que nadie les compraria,
que ni siquiera podrian dejar olvidados en cualquier carvanserai,
que les perseguiria, que no lograria tragar
ni las arenas del desierto del Thar.
Transitad ligeros a su traves, dejadlos atras,
que los dijns de los bits no entorpezcan vuestro paso.
A.N.
15 Marzo 2009 | 06:47 PM