La Ruta de la Seda (II)
Habíamos llegado a la vieja ciudad situada en los confines del lugar más árido y seco del planeta.
Aquella mañana visitamos la ciudad fortificada, las piedras doradas formaban encajes en los habléis de la ciudad, sus puertas abiertas ofrecían a los visitantes las mil y una maravillas de la artesanía del Rajastan.
Los patios bellísimos y circundados de una doble galería eran un prodigio, la piedra convertida en encaje o el encaje convertido en piedra. Para los que conocemos los maravillosos ejemplos de artesanía de la Alambra, podíamos reconocer aquí la huella de los mismos artesanos. Realmente la ruta de la seda era mucho más larga de lo que nos dijeron. El camino se perdía de este a oeste, siguiendo el curso del sol, y volvía de nuevo al lejano oriente.
Como en la Alambra en esto havelis se superponían motivos florales con los inspirados en la mitología hindú, formando un simbiosis perfecta del arte mogol y del puramente Hindú.
Esos mismos motivos que se repetirían en las sedas y las alfombras tejidas, que luego inundarían los mercados llevador a lomos de camellos, esos navíos del desierto ante los que las arenas se volvían mar que atravesar paso a paso.
En los amplios patios de los Havelis se cargaban y descargaban las años las mercaderías transportadas a lomos de camellos por los largos caminos de Asia, que se prolongarían en llegando a Turquía abriéndose desde allí para solaz de los nobles y reyes cristianos, que igualaban en procedencia las sedas, las especies, los tapices y toda la riqueza que aquí en Jaisalmer encontraban un nudo de distribución hacía sus posteriores destinos.
Si leemos la obra de Marco Polo allí nos refiere su estancia en Jaisalmer, y habla de las ardientes arenas del Thar.
Las empedradas y pinas calles de Jaisalmer tenían todo el color del Rajastan, las alegres faldas de las mujeres, con sus ajorcas de oro o marfil rodeando sus muñecas y sus tobillos,
En ellos llevan sus tesoros, ellas son las guardianas y así exhiben la posición económica de su familia, de su tribu.
A la salida del haveli, me dirigi calle arriba, y al volver la esquina en una placita un chaval de apenas diez años nos mostraba unas marionetas, vestidas con brillantes sedas, con armaduras de hojalata y fieros bigotes los guerreros rajputs, colgaban de los hilos, alineados con los derviches, con las hermosos danzarinas de coloridas faldas, y ajorcas en los tobillos.
Una de ellas llamo mi atención, tenia unos profundos ojos verdes, enmarcados sabiamente en Kohol, y lucia una amplia falda de color fuego, en sus muñecas y tobillos, toda la dote de la tribu. De la maravilloso tribu de las marionetas.
Pregunté su precio al chiquillo, quien para empezar disparó una cifra fantástica, menee la cabeza y dándole la espalda empecé a caminar calle adelante.
Como era previsible vino hacía mi, con la danzarina en sus manos y una retahíla de incomprensibles palabras en sus labios. Los ojos verdes me había hipnotizado, por eso, saque de mi bolso un billete y se le tendí al niño, que rapidamente le hizo desaparecer entre sus manos, y me tendió la danzarina, envuelta en papel de periódico y me ofreció además otra marioneta, un guerrero rajput con sus negros mostachos y su turbante.
Me sorprendió porque yo tan solo quería la muñeca, pero como pudo me hizo entender que la pareja no podía separarse.
A mi mentalidad de occidental aquello me sonó a “dos por el precio de uno”, y con un gesto tome el paquete y me despedí del chaval, quien repetía con gestos imperativos de sus manos que los muñecos no podían separarse.
Tome el paquete en mis manos, y alegre por tener en mi poder a la bella marioneta de los ojos verdes, y al gallardo guerrero rajput, entré en el cercano haveli, donde mis compañeros de viaje se enfrascaban en sus compras.
A sus pies maravillosas alfombras de seda eran extendidas y retiradas por dos muchachos, mientras otro les ponderaba la belleza de sus estilizadas imágenes y lo liviano de su peso.
Junto a ellos una mesa bandeja en la que un te humeante recién escanciado mostraba una vez más la cortesía de los mercaderes de Jaisalmer. Las mujeres del grupo estaban encandiladas por una selecta muestra de ajorcas, collares, chales… diriase que aquel lugar reunía cuanto de bello podía mostrar Jaisalmer, y cuantos tesoros enriquecían la ciudad.
Hamid, el encargado de la tienda reparó en el bulto que traía bajo el brazo, y con una sonrisa torcida me comento el riesgo de comprar a los pillastres callejeros.
“No son más que dos marionetas”,
-Bien, se lleva usted a la belleza del Thar y a su guardián. Buena suerte, mientras los mantenga juntos.
La reiteración en la advertencia de no separar a “la belleza del Thar y su guardián” me intrigó, pero Hamid, estaba pendiente de resaltar la belleza de las alfombras de oración, y la calidad de su seda y la limpieza de su tejido, de ”nosecuentos” nudos por centímetro, por lo que aproveche para acercarme a otro rincón del haveli, donde una muchacha me ofreció un te, otro te, y me mostró maravillosos chales de seda.
A.N.


















Madame Rosa dijo
Antes de proceder a leer el post completito te pregunto: volvieron los camellos a cargar las alforjas?...Antes de que yo me apresure a aligerarlos de su carga...
20 Marzo 2009 | 10:35 PM